jueves, 28 de noviembre de 2013

Fernando Sánchez de Tovar, el castellano que remontó el Támesis y saqueó Londres

Una guerra de alternativas fluctuantes y victorias pendulares; de devastadoras consecuencias como todas, sustentada en argumentos encontrados pero ambos fundamentados por las partes, había estallado en las medianías del siglo XIV. Algo quizás tuviera que ver la maldición del maestre templario Jacques de Molay cuando ya en la hoguera, y antes de entregar su último aliento, maldijera al expoliador rey de Francia y su dinastía Capeta. Muerto el monarca y todos lo posibles herederos, fue apelada la Ley Sálica por los franceses, eso sí, metida con calzador y muy forzada en el contexto; lo que daría lugar a la Guerra de los Cien años.
Corría el año 1373 y la primavera comenzaba a despuntar en todo su esplendor en la Bretaña francesa. Pero en ese año precisamente, las brisas del Atlántico no pronosticaban un panorama muy bucólico. La Guerra de los Cien años estaba en su apogeo y los franceses andaban a la greña con los ingleses para variar. En medio de aquel maremágnum de desolación, a un inglés se le escapó una pedrada -dicho esto metafóricamente-, que fue a parar a la cabeza de un tranquilo castellano que pasaba por allí.
El caso es que en el puerto de Brest media docena de naos del reino de Castilla repletas de mercadería estaban amarradas a la espera de que escampara aquel despropósito bélico, cuando al pirómano inglés, Conde de Salisbury, muy aficionado a prender fuego a lo primero que se le pusiera a tiro, no se le ocurrió otra idea que la de incendiar las naves castellanas en un arrebato poco ponderado, episodio éste que más tarde le costaría un disgusto importante a él y a su rey, pues nunca una nación pagaría a tan alto precio unas cabezas cortadas. El citado conde inglés, en aquel lance, no dejaría un alma castellana con posibilidades de reencarnarse, pero no por ello podría evitar que todo un poderoso reino del sur de Europa se fijase como único objetivo vengar aquella afrenta.
El caso es que aquellos castellanos de entonces, muy entrenados en el secular batallar contra las gentes de turbante, se dieron media vuelta y verificaron la procedencia de la piedra, instante en que los mahometanos respiraron algo aliviados y aprovecharon la distracción momentánea de los de Castilla para darse a la fuga sin más preámbulos. Los cabreados castellanos decidieron suspender sus campañas en el tórrido sur de la península y volvieron su mirada hacia el mar del norte. Grises nubes se cernían sobre el Canal de la Mancha y los augurios pronosticaban preocupaciones sin cuento a los isleños, que pagarían cara su osadía en los años siguientes. Habían llamado la atención de un pueblo entrenado en el arte de la guerra, a la par que cansado de batallar.
El caso es que unas obligaciones contractuales entre los reyes de ambos lados de los Pirineos obligaban a los castellanos a intervenir con su marina en socorro de los galos. La verdad es que no se hicieron mucho de rogar y bastante encendidos por la agresión inglesa, se dispusieron aplicarles un severo correctivo.
Una armada sobresaliente
Los marinos castellanos en aquella época controlaban el Golfo de Vizcaya con la ayuda de los muy experimentados pilotos vascos y detentaban el control del comercio al por mayor entre latitudes tan distantes como el Mediterráneo o el Mar del Norte. Mantenían una excelente relación con los bretones y con nuestros hermanos portugueses tenían una peculiar joint venture de amor y hematomas por el control de los mercados tradicionales.
El caso es que el entonces almirante español, Fernando Sánchez de Tovar, que así se llamaba este prodigio de osadía, invitó a su colega y amigo francés, Jean de Vienne a darles un susto de muerte a los alborotadores ingleses. Dicho y hecho. Puestos manos a la obra, en el lapso de los seis años siguientes, incendiaron y saquearon más de un centenar de poblaciones costeras desde Plymouth hasta Londres. Naves castellanas de alto bordo con superior potencia de fuego, se dedicaron al tiro al blanco con un nivel de acierto más allá de lo razonable. Los ingleses no sabían dónde esconderse.

Empezaron por Plymouth en el sudoeste de Inglaterra y siguieron hacia Southampton, pasando por la isla de Wight, Portsmouth, Hastings y Folkestone. Arrasaron literalmente todas la poblaciones costeras del sur de Inglaterra en el periodo de un lustro en el que, ante la acometida castellana y la de sus socios franceses, sólo cabía replegarse hasta que escampara. Los productos de confección artesanal de las abadías locales, condumio de larga o breve duración, ornamentación de valor, o cualquier cosa que tuviera brillo, desaparecían por arte de birlibirloque. Cochinillos, barriles de cerveza, pollos, etc., eran candidatos a convertirse en antimateria ante el ímpetu vengador de las tropas castellanas.
No contentos con esta campaña de aligeramiento de los bienes locales o recuperación vía indemnización sui géneris, los castellanos decidieron que Londres seria una pieza de interés superlativo como colofón a sus correrías. Por ello, se pusieron manos a la obra.
El desenlace del clímax conquistador
El veintidós de junio de 1372 los castellanos capturaron una flota inglesa de invasión que se dirigía al continente. Después de hacerse con un botín histórico equivalente al 20% del producto interior bruto de aquella isla que hacía aguas por todas partes, enviaron de vuelta a la isla a los soldados capturados para mayor escarnio. Además, habían dejado a la oficialidad -que no a la soldadesca- en paños menores. Tovar había dado órdenes muy estrictas de que los soldados no fueran agraviados.
Con el ánimo alto y las alforjas a rebosar, aquel efervescente clímax conquistador de alguna manera tenía que explayarse. Entonces tomaron rumbo hacia Londres, Támesis arriba. A pesar de un potente viento contrario llegaron a los arrabales de la ciudad –concretamente a Gravese – y pegaron fuego a todo lo que encontraron. Desde la torre de Londres y fortalezas aledañas, se esperaba un asalto inminente que nunca llegó. La razón, fue muy sencilla. Las naos y galeras a causa del enorme botín capturado durante la campaña embarcaban en ocasiones agua, lo que hacía muy peligrosa la navegación en mar abierto y más en el del Norte que era muy proclive a la mar arbolada. A raíz de esta experiencia, las naos castellanas levantarían el bordo un metro más, evitando este molesto inconveniente de no poder llenar las bodegas a tope cuando capturaban algún barco adversario con alguna escora susceptible de ser corregida. Al mismo tiempo permitían desde un puente más elevado, mejores condiciones de tiro para arcabuceros y ballesteros en caso de abordaje.
Finalmente, este Almirante de Castilla, terror de los mares, que con tantas victorias había contribuido a engrandecer la leyenda del Reino del Sur, sería doblegado por un enemigo invisible. Hacia 1384 y durante el sitio de Lisboa, la terrible Peste Negra que durante siglo y medio asolaría Europa, le haría un desaguisado importante. Llevado Guadalquivir arriba en la nave capitana con el único pendón izado de toda la flota, su cuerpo sería albergado por la tierra madre que le vio nacer. Pocos Grandes de España son acreedores a este título.
Al Almirante Tovar, se le podría aplicar aquellos versos recitados por poeta cubano Pablo Milanés y redactados por Berlolt Brecht que dicen así…
Hay hombres que luchan un día y son buenos
Hay hombres que luchan diez días y son mejores
Hay hombres que luchan toda una vida,
esos son los imprescindibles.
Alvaro Van den Brule

 

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